jueves, 1 de septiembre de 2011

LAS LENGUAS Y LA POESÍA

Una lengua es un mundo tan complicado diverso dilatado – en movimiento constante y sujeto a renovación y perecimiento – que no es concebible que nadie pretenda haberla captado y reconocido en su totalidad con sus ramificaciones bastardas o legítimas – sus desdoblamientos rupturas y cicatrices – ni haya explorado todas sus eminencias llanuras o abismos. La compararíamos a un animal camaleónico y comestible del cual nos servimos parca o glotonamente con arreglo a necesidades caprichos u obsesiones – pero cuya historia y proveniencia no podremos reconstruir sino fragmentariamente– cuyas posibilidades y carencias más bien se nos escapan —cuyo poder sobre nuestras acciones ideas sentimientos no percibimos y del cual es difícil prescindir salvo en contadas experiencias (el arrobo místico o el fulmíneo reconocimiento amoroso).
Es sabido que las lenguas – según ocurre con todos los seres vivos – mueren a su turno dejando a veces descendencia mostrenca o airosa pero con más frecuencia nada más que restos difícilmente identificables o coherentes. Menos fácil es reconocer las tendencias dominantes en un idioma actualmente – si acaso lleva rumbo a un lejano esplendor de mar en verano o todo se desviará en riachuelos sucios y fangosos hundiéndose en arenales sedientos. Se teme – en cuanto al español – que las jerigonzas que pululan por doquier no sean anuncios de retoños sanos sino síntomas de agostamiento. Aunque tales perspectivas no preocupen al parecer más que a quienes hacen uso ritual de las palabras para elaborar objetos extrañamente armónicos a veces – cuando se acierta el gran premio – pero cacofónicos las más –objetos denominados usualmente poemas.
Habría mucho que ahondar por los vericuetos y escondrijos metafísicos en que aman extraviarse los expertos en usos y abusos de las lenguas o los que especulan sobre sus orígenes divino humano u otros. Mis capacidades no me lo permiten y las perplejidades recién evocadas tendrían sólo el papel decorativo de tela de fondo que dé profundidad real o ficticia a un recuento de experiencias personales.Me imagino que cada uno de nosotros se ha enfrentado de modo distinto – como es natural – al conocimiento y la práctica del idioma materno y de los que posteriormente hemos ido bien o mal adquiriendo. En general se estima más bien corto el paso del balbuceo infantil hasta el dominio competente de la lengua aunque surjan dudas acerca de los modos de determinar el nivel de competencia alcanzado. Pero nadie guardó en la memoria las etapas del aprendizaje – cómo la lengua nos vinculó al contorno – cómo por ella entramos en contacto con personas y cosas – nos dimos cuenta también de nuestra propia existencia. Deficiencias y equívocos de los comienzos arrastrarán sus secuelas a lo largo de toda la vida. (...)
(Inicio del ensayo publicado por EAW en la revista Debate nº28, Lima, setiembre 1984)


SURREALISMO A LA DISTANCIA

Con frecuencia se ha especulado sobre mi relación con el Surrealismo y a veces se me ha preguntado cuál sería mi deuda para con él. Seguramente en todo ello hay cierto desconocimiento de lo que fue el movimiento surrealista y de las repercuciones que podía tener sobre quien de lejos -de bastante lejos - y muy fragmentariamente- tomaba conocimiento de él y se sentía sensible a sus manifestaciones de una poesía múltiple y deslumbrante -y confundido por el tumulto de declaraciones perentorias y contrarias - a menudo autoritarias- y por ciertos comportamientos violentos y escandalosos que se proponían llevar a la poesía a la calle - introducir  a la poesía en la vida corriente. El Surrealismo era el heredero no solamente del Dadaísmo -esa explosión delirante anárquica y necesaria- que Breton y sus amigos se empeñaron en sistematizar - sino de la serie de corrientes que desde el Romanticismo alemán e inglés y -en Francia- a partir de Nerval Baudelaire y Rimbaud -  ha contribuido a la conformación de la práctica y la teoría de la poesía moderna.

(Principio del artículo publicado en el suplemento dominical de "El Comercio" en mayo de 1982).

UN CENTENARIO DE LAUTRÉAMONT
Nos han advertido quienes hacen profesión de recordar las fechas de los grandes sucesos, que este año hizo un siglo del nacimiento en Montevideo de Isidore Ducasse, el poeta de quien no parecen dar medida justa ni aún los epítetos más grandiosos y más soberbios, pues ¿cómo calificar lo que se nos aparece con los caracteres de un fenómeno descomunal y sin par? Mas vamos a ocuparnos del autor de los CANTOS DE MALDOROR; es preferible, entonces que abandonemos a Isidore Ducasse y que no empleemos sino el magnífico apelativo con el cual quiso recubrirse como con un manto real; él se llamó: el Conde de Lautréamont.
Este señalamiento de una fecha, este intento de ubicar dentro del común transcurrir histórico una personalidad que nos fue revelación y deslumbramiento, cuyas irradiaciones aún sentimos activas a nuestro alrededor, a quien tanto debemos, de quien todo hemos esperado, nos conturba y desconcierta, Lautréamont, a quien no vemos bien ocupando un lugar en los tratados de historia literaria, que nunca mereció la atención de las gentes respetables, que soportó victorioso toda pretensión de reducirse a Denominadores comunes, por el simple hecho de comprobarse que puede referirse a él un acontecimiento un poco alejado en el tiempo y del cual da fe un registro de estado civil, ¿podrá este simple hecho hacer mella en su mayor gloria poética: la inmarcesible juventud de su voz perturbadora? Es en este sentido que hallamos plenamente justificada la protesta de un grupo de poetas franceses que en un homenaje de admiración afirman que ‘Lautréamont no tiene cien años’, y quieren multiplicar las imágenes que de él podamos tener, de su presencia terrible, de su juventud intocable.*
‘Su presencia terrible’. Esta no es una expresión de exageración retórica: quien quiera se expuso alguna vez al fierro candente de su obra, quedó para siempre con marca indeleble; y tampoco el mundo es el mismo cuando entre él y nosotros se han interpuesto “los pantanos desolados de esas páginas sombrías y llenas de veneno”. Hay pruebas numerosas de que el encuentro con Lautréamont es de los decisivos en la vida; esta obra ha alcanzado lo que consideraríamos la cualidad ideal de la obra de arte: su acción efectiva sobre la vida. Recordamos la confidencia de Soupault sobre las consecuencias que para él tuvo el primer contacto con Lautréamont: 'Estaba tendido en un lecho de hospital –dice- cuando leí por primera vez los Cantos de Maldoror. Era el 28 de junio. Desde ese día nadie me ha reconocido. Ni yo mismo sé si me ha quedado corazón.’ **
(Inicio del ensayo publicado por EAW en la Revista Letras de la Universidad Mayor de San Marcos (UNMSM) el tercer trimestre de 1946).
Notas:
* Cahiers du Sud, Marseille, Nº 275 (1946) – Lautréamont n’a pas cent ans, textes de Francis Ponge, Antonin Artaud, etc.
** Premières repercussions du Comte de Lautréamont, en la edición GLM de las obras completas, Paris, 1938.

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